Cada año, cuando se acerca el tercer domingo de junio, fecha que en Cuba se celebra el día de los padres, me viene a la cabeza le lección que me dio mi padre, ya siendo octogenario, con los achaques propios de la edad y de los años duros que le tocó vivir.

Frente a la humilde, bella y entrañable casa de madera y techo de las hojas de la palma real (pencas), estaba cavando un hueco con una azada (azadón) para plantar un cocotero. Le vi tan frágil y fatigado que me acerqué y le pedí que dejara de hacer tanto esfuerzo.

Se detuvo, me miró fijamente y me respondió, “hijo, soy viejo, sé que no beberé el agua de coco que estas plantas producirán, pero yo he bebido mucha agua de coco en mi vida, he comido muchos dulces de estas frutas, qué menos puedo hacer que plantarlas ahora para que otros puedan disfrutar lo que yo he disfrutado”

Desde luego, la única opción que tuve fue pedirle el azadón y ponerme, junto a él, a sacar la tierra del hueco, colocar el coco y cubrirlo de nuevo utilizando la tierra removida.

Con el tiempo, entendí, en toda su magnitud, la enseñanza de aquel sencillo acto de apelación a cuidar la naturaleza y ser solidarios con los que vendrán después. Es una gran herencia.