He seguido con mucha ilusión y simpatía las transformaciones, fundamentalmente en el plano económico, que empezaron a producirse desde la asunción de Raúl Castro como dirigente máximo de Cuba. Me parecían medidas tardías y lentas, pero bien orientadas hacia la superación de muchos errores. Desde luego, a mi juicio, todavía falta una reflexión crítica potente del pasado, al alcance de la comprensión de nuestro pueblo, para que todos entendamos que hay un claro propósito de enmienda. Así marchaban las cosas cuando empezaron a juntarse, como maldiciones, circunstancia muy graves. La elección de Trump como presidente de los EEUU y su política abusiva y despiadada contra Cuba con la puesta en marcha de un plan quirúrgico personalizado con más de doscientas decisiones claves para asfixiar a la Isla.  A la par, surge la pandemia del coronavirus que ha puesto en jaque a toda la humanidad, con una profunda crisis económica y social sin precedentes. Todo esto, en el caso cubano, coincidiendo con un cambio generacional de dirigentes que empezaron a ejecutar las transformaciones del sistema económico anunciadas tantas veces y que no se llegaban a materializar.

Así las cosas, la tormenta perfecta explotó el pasado domingo con manifestaciones populares pacíficas en distintos puntos del país. Muestra del hartazgo por la carencia de alimentos básicos, de medicinas, averías del servicio eléctrico, malas condiciones en los lugares de aislamiento para enfermos del virus y otra suma de calamidades cotidianas que deben resolver los ciudadanos para subsistir.

Desde hace meses se viene diciendo que el Ministerio del Interior ha arreciado el acoso a cualquier manifestación crítica de los ciudadanos que publican en las redes sociales. También una falta de empatía con algunos colectivos del sector cultural.

Ya sabemos que desde Los Estados Unidos y sus agencias de inteligencia se emplean significativos recursos para intentar desestabilizar el gobierno cubano, eso queda dicho y está corroborado y documentado. Pero no todo el que critica las insuficiencias y carencias en Cuba es un agente al servicio de un gobierno extranjero, ni un mercenario y distinguir eso es fundamental para no cometer graves errores de estigmatización a personas o colectivos que piensan distinto sobre el sistema político del país.  

El pueblo de Cuba, como cualquier pueblo, tiene derecho de expresar libremente sus quejas y manifestarse pacíficamente, eso lo recoge la propia Constitución cubana que fue aprobada en referéndum y el gobierno está obligado a gestionar esas críticas y desde el respeto, atenderlas y buscarle soluciones o explicaciones convincentes. Esto es elemental.

Lo ocurrido estos días, donde se ven escenas de abuso policial contra manifestantes pacíficos, televisado al mundo casi en directo, denigra al sistema político del país y es un flaco favor a la izquierda mundial y a los movimientos de solidaridad con la Isla. 

En la mayoría de las grandes manifestaciones públicas, en casi todas partes, se producen excesos, tanto por grupos extremistas como por algunos servidores de las fuerzas del orden, pero lo que cuenta es el temple del gobierno para investigar lo sucedido y la puesta en manos de los tribunales a los culpables.

Es sencillamente inconcebible y torpe que un gobernante, como ha hecho el presidente cubano, Díaz Canel, ante la ola de protestas ciudadanas, convoque una contramanifestación para que se enfrenten.  Un presidente no es un pirómano, es el bombero.