En pleno mediodía de este 12 de agosto, cuando el termómetro marcaba más de 40 grados en Madrid, entré a la iglesia anglicana en la calle Beneficencia, donde un grupo de voluntarios gestiona el envío de ayuda sanitaria para Cuba. Era tal el ajetreo que daba corte interrumpirles para hacerles preguntas. Del centro del grupo alguien gritó, “ahora hay que priorizar los envíos a las salas oncológicas de pediatría” y se nos heló el cuerpo. Empacaban cajas con medicamentos y uno propuso llamar a un médico para que les explicara para qué servía un instrumento de los que habían donado.

En medio de aquella frenética actividad me acerqué a Masiel Rubio, sin saber que era la líder y el alma del grupo. Cuenta que empezó con esto desde hace meses, en su propia casa, pero a medida que la pandemia fue arreciando por la variante Delta del virus, las donaciones fueron subiendo y entonces varios amigos se fueron incorporando.

Masiel es un encanto de persona, con visibles muestras de agotamiento en el rostro, pero con una energía contagiosa que alimenta al equipo. Estudió dramaturgia en el Instituto Superior de Artes de La Habana. Es actriz y profesora.

Muy cerca de nosotros, con mirada dulce y comunicativa, nos escrutaba Katia Caso. Lleva poco en España, donde vino por razones familiares, también es actriz y seguramente algunos de los que lean este reportaje la identificaran porque ha participado en series populares de la televisión cubana: Tras la huella, Tierra de Fuego, De tu sueño a mi sueño; y también en cine, como en la película Boccaccerías Habaneras. Fue profesora de actuación en la Facultad de Artes Escénicas de la Universidad de La Habana.  Me confiesa con humildad que está abrumada por no poder atender a todas las solicitudes que recibe de personas que le escriben, solicitando medicinas que en Cuba no aparecen. Le frustra tanto que lleva semanas que apenas puede dormir. Elogia la labor del grupo, el trabajo de Masiel y me ruega que no deje de mencionar al Reverendo de la iglesia, Aloysi Bustquets y a su esposa, Gema, por haber facilitado el local para este trabajo y por toda la ayuda que prestan. El Reverendo también es cubano.

Con la contribución voluntaria de gentes, muchas veces anónimas, pagan las maletas y carga acompañante de viajeros que de manera altruista se prestan a llevarlas y una vez que salen de la cuarentena, en la Isla, hacen entrega a otros voluntarios, amigos y conocidos que van sumándose para llevarlas a los destinatario. Todo esto coordinado a través de las redes, Facebook y los grupos de WhatsApp.

Es verdad que a veces dan ganas de maldecir las redes, hay bulos, ofensas, odios, pero separando el barro, gracias a internet, gracias a esta revolución de las comunicaciones, la dinámica social de esta generación es diferente. En este caso, bienvenidas las redes, bienvenido este desarrollo tecnológico que nos permite   oír el grito directo de alguien que a miles de kilómetros necesita ayuda. O necesita decir su verdad. Gracias a ello será más difícil que alguien pueda estrujar al más débil sin que la bofetada la oigan millones de personas. Es una poderosa arma que está a disposición de las gentes, directa, sin que tenga que pasar por filtros para adornar lo que la gente piensa y es un instrumento extraordinario para organizar el socorro.

Llama la atención cómo es de extraordinario este voluntariado que nace de la vocación de servir, sin que medie interés ideológicos, partidistas ni religiosos.  Para Masiel y sus colaboradores, la mayor recompensa es ver salir cada maleta con ayuda para las personas que sufren las carencias por el colapso del sistema de salud de Cuba, ese es el premio mayor a su esfuerzo y a su trabajo.