Se acercan las Navidades y el fin de año. Al parecer, la maldita pandemia nos permitirá reunirnos esta vez y celebrar, con prudencia, después de estos dos fatídicos años. Esperemos que no nos amargue la fiesta la nueva variantes del virus. Lloraremos si tenemos alguna silla vacía, aquí o allende los mares.

¿Habremos tomado conciencia de la fragilidad del ser humano y de la necesidad de protegernos todos, de comprender que somos una sola familia y que hay valores elementales que competen a todos, como es el cuidado del medio ambiente, el desarrollo pleno de la ciencia y la salud pública? A veces tengo dudas. 

Me propongo que estos festejos me sepan a Cuba. No sé si este peligro constante, este meditar durante el encierro, de las cuarentenas, me han renovado la nostalgia y el recuerdo de seres queridos, supongo que sea igual para todos, pero creo que un poco más, para los que estamos tan lejos del terruño.

Estoy preparando para hacer casabe, esa especie de pan en forma de tarta circular, delgada y crujiente que hacían nuestros aborígenes con harina de yuca. Es el mejor acompañante para unas masas de cerdo asado.

Ante la sorpresa de algunos vecinos estoy acondicionando un horno muy peculiar, para asar un cerdo en púa, al más puro estilo del que hacemos en Cuba, con un bidón metálico o tanque de 55 galones, como decimos allá. Además, no faltaran los cascos de corteza de toronja o naranja, dulce de coco rallado, mermelada de guayaba para acompañarlo con queso fresco.

Mientras estoy en estos menesteres, sigo atento los acontecimientos en Cuba.
La marcha pacífica convocada para el 15 de noviembre que fue prohibida por el gobierno, los lamentables y poco edificantes actos de repudio a los organizadores de la protesta, la presencia de Yunior García en España y las críticas y desprecios que recibe tanto de la prensa y las autoridades cubanas, como de los más exaltados y furiosos influencers del exilio en Miami.

La depre que me provocan estos acontecimientos, solo la alivia la extraordinaria noticia del resultado de las vacunas que han desarrollado los científicos cubanos, lo que ha permitido doblegar al virus y detener esta maldita enfermedad en nuestra tierra.

Qué habría sido de nuestra gente si esto no se controlaba, no se contarían nueve mil muertos, sino cientos de miles y los contagios no fueran un millón, sino muchísimos más.

En esta crónica no quiero profundizar en causas de la crisis actual, ni sus culpables, requeriría de un análisis bastante más complejo.

Solo digo que son tantos y tan diferentes los problemas que agobian a Cuba que se requiere el concurso de todos para afrontarlos. Solo habrá futuro con la participación, complicidad y la generosidad de todos, los de adentro y los de afuera, los comunistas y los no comunistas, los que quieren socialismo y los que no. Si los que se oponen al sistema imperante en Cuba creen que pueden marginar y desconocer a los comunistas, se equivocan. Hay una base popular militante y fiel a la Revolución suficiente como para resistir muchos más sacrificios, poseen los resortes del poder, los medios de comunicación masiva y la estructura material y organizativa para resistir.

Pero esta realidad no puede desconocer que no hay unanimidad dentro de la sociedad, particularmente en sectores de jóvenes e intelectuales que buscan un horizonte de bienestar que no lo encuentran viable dentro del sistema y que su aspiración es emigrar, con el consiguiente daño que representa para el país la fuga de cerebros y la pérdida de miles y miles de personas jóvenes, bien preparados, además del drama humano que significa ese desarraigo. Ese sector social debería sumarse al empeño de país, al propósito de lograr un sistema económico y social próspero y sostenible, y para eso, tendrían que adoptarse políticas audaces y pragmáticas que viabilicen esas inquietudes dentro del proyecto nacional. Se ha avanzado en los últimos tiempos, pero aún es insuficiente.

Hubo una época larga y costosa en que se negó a rajatabla cualquier presencia de propiedad privada en la economía, ahora se considera imprescindible y complementaria a la empresa estatal, se negó y se persiguió el contacto con las familias que emigraban, ahora es lo contrario, se desarrollan políticas de normalización con la emigración. Y nos pasará lo mismo con la disidencia, se terminará aceptando, tiempo al tiempo. ¿Por qué somos tan intransigentes y perezoso, por qué dilatamos tanto y nos resistimos a los cambios? Lo peor es que esta cerrazón cuesta cara, hay calamidades y sufrimientos que pueden evitarse.       

Qué grandeza la de Martí que en su lucha por la independencia y la creación de una República pronunció, por primera vez, esa frase tan oportuna y actual, con todos y para el bien de todos, en un mes de noviembre, hace 130 años, en un acto en Florida

Sin un cambio de actitud de todos, que logre eliminar los odios y los rencores, difícil podamos tener una Cuba mejor. Fuerzas morales existen, falta un poco el sentido común y eso es alcanzable.

Hay mucha injusticia que reparar, pero tenemos muchas cosas en común: un sentimiento de amor por el país, una bandera, un himno y adoración a los próceres que lucharon por hacer nuestra Patria independiente y no colonia. A todos nos ponen los vellos de punta cuando se iza la bandera de la estrella solitaria, cuando se entona “Al combate corred bayameses…”, cuando declamamos los Versos Sencillos de José Martí, cuando cantamos la Guantanamera…, creo que todos estamos de acuerdos en estos valores. Como también en aceptar y tolerar los credos católicos, protestantes, santeros, espiritistas, abakuá y muchas más que proliferan por el país. El pueblo cubano no tiene la desgracia de otros de estar dividido por religiones o por litigios territoriales. Estas son nuestras fortalezas.

Lo primero es desterrar la intransigencia y como ha dicho por acá, en estos días, Yunior Aguilera, debemos curarnos un poco la rabia, y agregaría, también los agravios.

No quiero hacer un tratado de entendimiento, otros lo hacen mejor. Pero quiero darme el lujo de pensar que estas fiestas las voy a hacer con la ilusión de que el casabe que estoy preparando, los dulces de frutas tropicales, el cerdito a la púa, los casquitos de toronja, no sean solo para mi disfrute, sino que lo deseo para todos los cubanos, sean de derecha o de izquierda, sean comunistas, social demócratas, social cristianos,   liberales o de cualquier postura ideológica, que desde la paz y la palabra  quieran un país soberano, independiente, democrático, con justicia social y con respeto a las libertades individuales.

Y si me apuran, quisiera que el fin de año estuvieran en sus casas, con su familia, todos los encarcelados y juzgados, o no, por su participación en acciones civiles pacífica. Y que Biden, en su compasión cristiana, facilite la reunificación familiar de la comunidad cubano americana, deje que la gente ayude a su familia en la Isla, no aplique ninguna medida extraterritorial contra la Isla para asfixiar a la población como arma para lograr objetivos políticos. Nadie puede obligar a un país a que comercie con otro, lo inmoral y falto de ética es imponerlo a terceros. No tiene justificación utilizar el poderío de un país para marginar a otros de los mecanismos internacionales de la economía global que disfrutamos. Además de las consideraciones éticas, es sencillamente ilegal y así está reconocido por la comunidad internacional.

Con humildad serví al país muchos años en diferentes instituciones cubanas, con la convicción de que ayudaba a acabar con la pobreza, con el hambre y la injusticia que conocí en mi infancia. Los extremistas, esos que crecen como hierba mala en muchas partes, me echaron de sus filas a principio de este siglo solo por hablar y opinar diferente. Para ellos no tendré ningún pensamiento de odio ni venganza cuando me coma las uvas el 31, pensaré en la grandeza de los científicos que lograron las vacunas cubanas, en los médicos y enfermeras que entregaron lo mejor de sí para salvar vidas en esta pandemia, a pesar de las graves carencias de las instalaciones sanitarias y la falta de recursos.  

Lo dejo aquí, falta poco y aun no me sale bien el casabe.